Tristes confesiones de un sonámbulo ladrón

La mañana siguiente de un sueño pesado, el señor Don Sonámbulo comprobó con amargura que no estaba el dinero de su billetera. Estaba seguro de haberlo visto ahí la noche anterior. Pero no era la primera vez que le sucedía. Cada cierto tiempo se veía envuelto en este lío, y ahora ya iba casi una semana entera de ser víctima de algún ladrón nocturno que, pensaba, se escabullía por la ventana de su dormitorio y sacaba de su monedero todo el botín ganado en el trabajo del día.

Harto de esta situación, el señor Don Sonámbulo recurrió a la policía y puso la denuncia. Me están robando mientras duermo, dijo. Inmediatamente dos guardias fueron puestos a vigilancia de su casa durante tres noches. Sin embargo, no observaron delito ni delincuente a quién apresar. Entonces se fueron.

Efectivamente, por esos días el señor Don Sonámbulo no sufrió robo alguno, pero sí, tras la marcha de los policías, recibió la visita de dos personas a las que creía no conocer. Primero fue a verlo la dueña del bar que, al tenerlo como principal cliente de su negocio, se preocupó por no haberlo visto hacía tanto. ¿Por qué ya no viene?, le preguntó la mujer extrañada. ¡Si yo no bebo!, gritó Don Sonámbulo consternado, ¡además a usted no la conozco! La mujer se marchó. Después tuvo en la puerta de su casa a los hermanos dueños de un casino cercano. Solo que, a diferencia de la dueña del bar, no llegaron preocupados por su ausencia, sino enojados. ¡Debes el dinero de la apuesta!, le reprocharon, lanzándole miradas de ojos saltones y venosos. ¡¿Cuál apuesta?!, gritó Don Sonámbulo, y su única respuesta fue un puño que casi le da en la cara , así que prometió el dinero y los despidió.

Estando ya solo, con el ojo casi morado y las ansias de beber, se dio cuenta de que era él mismo quien, en un estado de sonambulismo absoluto, se robaba de noche para gastar el dinero en bebidas y apuestas. Era lógico que al día siguiente no recordara nada. Triste y avergonzado, entonces, acudió nuevamente a la policía a confesar su crimen.

Me robo a mí mismo, y con ese dinero bebo y apuesto, dijo. Una guardia de porte alto le contestó: En ese caso tendremos que apresarlo.

Fue así como el sonámbulo ladrón dio a parar a la cárcel. Y, aunque abatido y melancólico, estaba tranquilo, porque al menos entre rejas no volvería a beber ni a apostar, y sobre todo nadie volvería a robarle el dinero del día, ni siquiera él mismo.

sonámbulo ladrón


Todas las historias e ilustraciones son propias. Mira este y más dibujitos en la galería.
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