El ropavejero que no quiso tomar la sopa

Ya está dicho que los ropavejeros se llevan a los niños que no toman la sopa, pero ¿a dónde se los llevan?, ¿es solo sopa o el segundo también cuenta?, y sobre todo, si los ropavejeros se llevan a los niños, ¿quién se lleva a los ropavejeros?

Con esta duda en la cabeza, un antropólogo hacía su tesis para convertirse en Doctor en Ropavejerología, una ciencia poco estudiada, pero muy necesaria considerando que en los últimos años había decrecido la presencia de ropavejeros en Chernópolis, su tierra natal.

Sus profesores le advertían que era un tema muy complejo y que era mejor cambiarlo, pero a él le apasionaba y, como toda pasión, era imposible dejarla ir. Así que el antropólogo buscó al primer niño del pueblo que no tomó la sopa para iniciar la investigación.

De él se decía que había sido llevado por un ropavejero años atrás y no se le vio en el barrio por largo tiempo. Pero un día apareció repentinamente en su casa ya siendo adulto. Cuando los vecinos se acercaban curiosos a preguntar, él los botaba con gritos e insultos. Pronto nadie más quiso acercarse y envejeció solo.

El antropólogo lo sabía, así que cuando el niño –ahora un adulto– lo botó de su casa, él esperó escondido afuera. Así vio a través de una ventana cómo puso en la mesa un plato hondo y lo llenó de caldo y verduras con un cucharón. Luego abrió una puerta interna que no se veía muy bien y de ella salió un anciano harapiento y con un grillete en el tobillo. Se sentó a la mesa e hizo el ademán de beber del plato.

sopa3

El antropólogo apuntó en su libreta la primera hipótesis: “el niño que ahora ya es adulto se venga de los ropavejeros obligándolos a tomar sopa. ¿Pero, y si ellos no quieren tomarla?” Entonces escuchó un grito que lo obligó a mirar de nuevo por la ventana.

Ya no vio a nadie.

Si nunca hubiera despegado la vista habría encontrado la respuesta. Porque mientras tomaba apuntes, el ropavejero tiró el plato al suelo y el niño-hombre enfureció. Lo tomó por los brazos y, forcejeando, lo arrastró hasta una habitación detrás de la casa donde guardaba una olla con agua hirviendo del tamaño de un automóvil. Lo demás podía intuirse.

Lo que el antropólogo no sabía, aunque estaba a punto de enterarse, es que en esa olla faltaban ingredientes, y al hombre que buscaba venganza le gustaba mucho el sabor de los profesionales de letras que se inmiscuían en sus asuntos.

Una gran sopa estaba por prepararse.


Todas las historias e ilustraciones son propias. Mira este y más dibujitos en la galería.
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