Mi serpiente Enriqueta

De pie, apoyada en un árbol del cementerio, pensaba en el tiempo que compartió con sus papás cuando era niña. No fue tanto. Ellos salían de casa con frecuencia. Cada vez antes de irse se apresuraban en rebuscar en un cesto de cachivaches con las manos hasta encontrar lo que querían. Mira, le decían finalmente sosteniendo a Enriqueta, nosotros enriqueta2saldremos, pero ella se quedará contigo y te cuidará. Luego se iban.

Entonces la serpiente Enriqueta, que era azul y tan larga como cincuenta crayolas puestas en fila, se enrollaba alrededor de la niña hasta que llegaban sus padres. Hablaban de animales, de mocos, jugaban con las pelusas del aire y con el ruido del viento. Después de tanto se acurrucaban y caían dormidas en el suelo. Más tarde la niña despertaba arropada en su cama pensando que Enriqueta la había arrastrado hasta ahí y se había ido para volver al día siguiente.

El tiempo que pasó entonces las convirtió en mejores amigas, tanto que una vez en la adolescencia cuando alguien se lo preguntó, ella presentó orgullosa a Enriqueta. Su interlocutor se alejó y lo mismo hicieron todos los que conocieron a la serpiente. La niña no entendía por qué.

Pero sus papás, que observaban todo, se lo explicaron. Ella, le dijeron refiriéndose a la serpiente, no puede ser tu mejor amiga. ¿Por qué?, preguntó la niña, ¿es por esa vez que contó un secreto mío en el colegio? Ya la perdoné. Los papás se miraron preocupados. No es eso, dijeron, pero mira bien. Entonces estrujaron el cuerpo de Enriqueta para demostrarle a su hija que se trataba de un peluche. No está viva, ¿ves? No le duele. No se mueve. No te responde, ¿entiendes?

La niña entendió perfectamente. Solo asintió y fue a su cuarto sin decir nada. La relación con sus padres siguió siendo la misma, pero a Enriqueta ya no le volvió a hablar. Muy por dentro, aunque no lo aceptara, estaba molesta con ella, aunque nada de eso tuviera sentido por fuera.

Parecía una historia larga, pero la niña –ahora una señorita–  recordó todo esto en un minuto mientras se apoyaba en un árbol del cementerio donde habían enterrado a sus papás por la mañana.

Mientras veía su lápida borrosa por la oscuridad, enriquetase le cayó una lágrima que pareció evaporarse enseguida. No lo había notado, pero desde una rama del árbol, una serpiente azul tan larga como 50 crayolas puestas en fila se había estado deslizando hasta llegar a su hombro.

Una vez que lo hizo, se colgó de su cuello y le besó la mejilla mojada por la lágrima. La señorita la miró mientras se sentaba y se puso a conversar con ella. Hablaron de animales, de deportes, jugaron con las pelusas del aire y con el ruido del viento. Y poco a poco, después de tanto se acurrucaron y cayeron dormidas en el pasto. Esta vez cuando despertaran, las dos seguirían ahí.


Todas las historias e ilustraciones son propias. Mira este y más dibujitos en la galería.
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